Alfabeto latino
Del catálogo «La escritura: sistemas y soportes» correspondiente a la exposición del mismo nombre organizada por Ibercaja.
Tácito, en Anales XI, 14, recoge la idea que los antiguos tenían sobre la transmisión del alfabeto desde sus orígenes hasta llegar a Roma: los egipcios fueron los primeros en utilizar signos e inventaron el alfabeto. De ellos lo tomaron los fenicios; de éstos lo recibieron los griegos, que, a su vez lo enseñaron a los etruscos y —dice— «las formas de las letras latinas es la de las originales griegas».

Aunque algunos estudiosos no descartan una procedencia directa del griego, varios hechos lingüísticos—sobre todo el sistema de las consonantes velares latinas— y la comparación con el alfabeto etrusco de las inscripciones funerarias de Marsiliana d´Abegne (siglos VIII y VII a.C.) atestiguan que el alfabeto llegó a Roma filtrado a través de los etruscos.

En cualquier caso, el modelo para el alfabeto latino no fue el jónico —que se generaliza más tarde en Grecia—sino el alfabeto calcídico de los colonos griegos de Cumas, en Campania. Éste se diferenciaba del jónico en que conserva la digamma f (tras épsilon) y la kappa (tras pi); carecía de omega; h no tenía valor vocálico, sino de aspiración y x representaba ks y no kh.

Evolución
La comparación con las grafías mayúsculas griegas evidencian la identidad formal de la que habla Tácito, pero en la adaptación llevada a cabo por los romanos se suprimieron algunos signos griegos innecesarios y se conservaron, con diferente valor fónico, la f, procedente del digamma y la q, procedente de kappa.

La z ocupaba en principio el mismo lugar que en el alfabeto griego, es decir entre f y h. Representaba la f sonora intervocálica, pero quedó sin uso en el siglo IV cuando, en esa posición, se convirtió en r. Fue eliminada, temporalmente, por iniciativa de Apio Claudio, censor en el 312 a.C., porque «imitaba el sonido de los dientes de los muertos al expirar». Su lugar fue ocupado por la g, introducida por Espurio Carvilio en el 234 a.C. para notar la velar sonora y creada a partir de la c mediante una vírgula vertical. La c que en principio representaba g y k, pasó a representar k en todas las posiciones y la k se reservó para unas pocas palabras. La h y la x pasaron al latín con el valor que tenían en el alfabeto calcídico, pero la aspiración de la h desaparece pronto y su uso posterior era signo de afectación y pedantería.

Esta evolución culmina en un alfabeto de 21 letras (A B C D E F G H I K L M N O P Q R S T V X), que fue utilizado durante todo el período de la República y constituía, como dice Cicerón en De Natura Deorum, el alfabeto latino propio. En el siglo I a.C. se añaden la y (ü) y la z (ds). Ambas se toman directamente del griego para transcribir las palabras y nombres propios que la creciente influencia cultural griega aporta a Roma. Con estos dos signos se fija la serie definitiva de los caracteres latinos. Este alfabeto, difundido por los romanos junto con su lengua y su cultura, es el de mayor utilización en casi todo el mundo.

Minúsculas
Con las grafías minúsculas del alfabeto latino ocurre igual que con el griego. Su uso no se generaliza hasta el siglo XIII d.C., cuando en Francia evolucionó una minúscula, de trazos nítidos y finos, que se convirtió en la escritura libraria de Europa.

Innovaciones posteriores
La ñ que es una grafía exclusiva del castellano y el gallego para transcribir una n palatal procedente de nn, ni y ne, es de origen mediaval. Los signos j y u son una innovación renacentista debida al humanista Petrus Ramus para notar aquellos casos en los que, respectivamente, i tenía valor consonántico y v, vocálico.

La ortografía, es decir, el uso escrito de los signos, vigente hoy, del español quedó fijada en 1815, cuando en la octava edición de la Ortografía de la Real Academia Española culminó una tarea que había comenzado casi desde su fundación en 1713: reguló los usos de b y v, de c y z, etc., y también suprimió el signo ç —en uso todavía en francés— procedente de la z de la escritura visigótica.